Este país de cainitas en el que vivimos se ha cargado esta semana dos símbolos.
Por un lado, una empresa privada, el Real Madrid, ha dejado que uno de sus referentes , Raúl, vaya a retirarse a otro equipo. Bien sabe Dios que no soy raulista, pero así no se hacen las cosas.
Y menos en un club que no es una sociedad anónima. Los símbolos se merecen un respeto. Y Raúl es un símbolo, y por lo tanto se merecía terminar sus días como futbolista en el Real Madrid. Aunque no jugase ni un minuto.
Entiendo que la decisión ha sido bilateral, y que este hombre se ve todavía para jugar (y es verdad que para lo que ha hecho toda su vida, puede jugar hasta los 60 años). Mal aconsejado está.
Y mal aconsejado también el club, para dejarle ir a un club competitivo. Otra cosa es que se hubiese ido a Arabía o a Estados Unidos. Se entiende que eso es una jubilación. Pero ¿Alemanía? . Eso son palabras mayores.
Por otro lado la administración pública. En este caso la representación del Estado en Cataluña. A partir de 2010 no habrá corridas de toros en Cataluña. No voy a entrar en si sí o si no. Lo que está claro es que 1) el debate no interesaba a la población, 2) nunca tendría que haber llegado a esto.
Los toros y el fútbol nos unen a los españoles mas que ninguna otra cosa (siquiera por la propia división que generan).
Más allá de torturas animales, perjuicios económicos,...lo que se han cargado es un símbolo. Con toda la mala leche. El que vaya a Cataluña y quiera ver algo típico se tendrá que conformar con las sardanas y los castellets. Los toros prohibidos, el flamenco proscrito, las banderas rojigualdas perseguidas. Como el idioma. Siguen con su universo de cartón piedra, con su realidad paralela (más bien para lelos).
No es la prohibición de los toros, es la prohibición de lo español. Y el que no lo quiera ver que no lo vea.
Pero recuerden lo que dcía aquel: "Cuando vinieron a por mí, no quedaba nadie para defenderme".
miércoles, 28 de julio de 2010
martes, 20 de julio de 2010
Tres gilipolleces
La primera
La forma correcta de comerse un bocadillo es con la parte no-plana del pan (en la que están los cortes) hacia afuera. Por lo visto, hacerlo al revés, es decir enseñando la parte plana del pan, es de mala educación porque parece que estás ofreciendo pan a la persona que te mira , pero no le das.
La segunda
La forma correcta de poner el papel higiénico en el portarollos es con la cara suelta hacia la pared. Ponerlo al revés (como de hecho se pone en la inmensa mayoria de los sitios, entre otras cosas porque es más fácil cogerlo) supone un mayor riesgo de contaminación del papel porque esta más expuesto.
La tercera (y ya comentada)
La forma correcta de abrir un sobre alargado de azúcar es partiendo el sobre por la mitad y no rasgando uno de los extremos. Se supone que el diseñador de este envase así lo concibió.
En fin. Lo que decía. Tres gilipolleces.
La forma correcta de comerse un bocadillo es con la parte no-plana del pan (en la que están los cortes) hacia afuera. Por lo visto, hacerlo al revés, es decir enseñando la parte plana del pan, es de mala educación porque parece que estás ofreciendo pan a la persona que te mira , pero no le das.
La segunda
La forma correcta de poner el papel higiénico en el portarollos es con la cara suelta hacia la pared. Ponerlo al revés (como de hecho se pone en la inmensa mayoria de los sitios, entre otras cosas porque es más fácil cogerlo) supone un mayor riesgo de contaminación del papel porque esta más expuesto.
La tercera (y ya comentada)
La forma correcta de abrir un sobre alargado de azúcar es partiendo el sobre por la mitad y no rasgando uno de los extremos. Se supone que el diseñador de este envase así lo concibió.
En fin. Lo que decía. Tres gilipolleces.
viernes, 16 de julio de 2010
798 Años
Ya ni siquiera se estudia en los colegios, creo. Moros y cristianos degollándose, nada menos. Carnicería sangrienta. Ese medioevo fascista, etcétera. Pero es posible que, gracias a aquello, mi hija no lleve hoy velo cuando sale a la calle. Ocurrió hace casi ocho siglos justos, cuando tres reyes españoles dieron, hombro con hombro, una carga de caballería que cambió la historia de Europa. Hoy, 16 de julio se cumple el 798 aniversario de aquel lunes del año 1212 en que el ejército almohade del Miramamolín Al Nasir, un ultrarradical islámico que había jurado plantar la media luna en Roma, fue destrozado por los cristianos cerca de Despeñaperros. Tras proclamar la yihad -seguro que el término les suena- contra los infieles, Al Nasir había cruzado con su ejército el estrecho de Gibraltar, resuelto a reconquistar para el Islam la España cristiana e invadir una Europa -también esto les suena, imagino- debilitada e indecisa.
Los paró un rey castellano, Alfonso VIII. Consciente de que en España al enemigo pocas veces lo tienes enfrente, hizo que el papa de Roma proclamase aquello cruzada contra los sarracenos, para evitar que, mientras guerreaba contra el moro, los reyes de Navarra y de León, adversarios suyos, le jugaran la del chino, atacándolo por la espalda. Resumiendo mucho la cosa, diremos que Alfonso de Castilla consiguió reunir en el campo de batalla a unos 27.000 hombres, entre los que se contaban algunos voluntarios extranjeros, sobre todo franceses, y los duros monjes soldados de las órdenes militares españolas. Núcleo principal eran las milicias concejiles castellanas -tropas populares, para entendernos- y 8.500 catalanes y aragoneses traídos por el rey Pedro II de Aragón; que, como gentil caballero que era, acudió a socorrer a su vecino y colega. A última hora, a regañadientes y por no quedar mal, Sancho VII de Navarra se presentó con una reducida peña de doscientos jinetes -Alfonso IX de León se quedó en casa-. Por su parte, Al Nasir alineó casi 60.000 guerreros entre soldados norteafricanos, tropas andalusíes y un nutrido contingente de voluntarios fanáticos de poco valor militar y escasa disciplina: chusma a la que el rey moro, resuelto a facilitar su viaje al anhelado paraíso de las huríes, colocó en primera fila para que se comiera el primer marrón, haciendo allí de carne de lanza.
La escabechina, muy propia de aquel tiempo feroz, hizo época. En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo -imagino que tendría otras cosas en la cabeza-, había plantado su famosa tienda roja. La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda. Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer. Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros -porque sintiéndolo mucho, señor presidente, allí los cristianos eran los nuestros-; que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida. Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba. Fue entonces cuando Alfonso VII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó: «Aquí, señor obispo, morimos todos». Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo. Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano. El resto es Historia: tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso. Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria.
¿Imaginan la película? ¿Imaginan ese material en manos de ingleses, o norteamericanos? Supongo que sí. Pero tengan la certeza de que, en este país imbécil, acomplejado de sí mismo, no la rodará ninguna televisión, ni la subvencionará jamás ningún ministerio de Educación, ni de Cultura.
(Arturo Perez Reverte)
Los paró un rey castellano, Alfonso VIII. Consciente de que en España al enemigo pocas veces lo tienes enfrente, hizo que el papa de Roma proclamase aquello cruzada contra los sarracenos, para evitar que, mientras guerreaba contra el moro, los reyes de Navarra y de León, adversarios suyos, le jugaran la del chino, atacándolo por la espalda. Resumiendo mucho la cosa, diremos que Alfonso de Castilla consiguió reunir en el campo de batalla a unos 27.000 hombres, entre los que se contaban algunos voluntarios extranjeros, sobre todo franceses, y los duros monjes soldados de las órdenes militares españolas. Núcleo principal eran las milicias concejiles castellanas -tropas populares, para entendernos- y 8.500 catalanes y aragoneses traídos por el rey Pedro II de Aragón; que, como gentil caballero que era, acudió a socorrer a su vecino y colega. A última hora, a regañadientes y por no quedar mal, Sancho VII de Navarra se presentó con una reducida peña de doscientos jinetes -Alfonso IX de León se quedó en casa-. Por su parte, Al Nasir alineó casi 60.000 guerreros entre soldados norteafricanos, tropas andalusíes y un nutrido contingente de voluntarios fanáticos de poco valor militar y escasa disciplina: chusma a la que el rey moro, resuelto a facilitar su viaje al anhelado paraíso de las huríes, colocó en primera fila para que se comiera el primer marrón, haciendo allí de carne de lanza.
La escabechina, muy propia de aquel tiempo feroz, hizo época. En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo -imagino que tendría otras cosas en la cabeza-, había plantado su famosa tienda roja. La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda. Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer. Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros -porque sintiéndolo mucho, señor presidente, allí los cristianos eran los nuestros-; que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida. Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba. Fue entonces cuando Alfonso VII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó: «Aquí, señor obispo, morimos todos». Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo. Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano. El resto es Historia: tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso. Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria.
¿Imaginan la película? ¿Imaginan ese material en manos de ingleses, o norteamericanos? Supongo que sí. Pero tengan la certeza de que, en este país imbécil, acomplejado de sí mismo, no la rodará ninguna televisión, ni la subvencionará jamás ningún ministerio de Educación, ni de Cultura.
(Arturo Perez Reverte)
lunes, 12 de julio de 2010
Campeones del Mundo
No cambiará nada, pero al menos los españolitos nos sentiremos por unos días casi como un país.
Después volverán a esconderse las banderas, y los protagonistas no serán unos profesionales muy bien pagados pero muy cualificados (los futbolistas), sino que serán unos muy bien pagados pero absolutamente faltos de cualificación para el importante trabajo que hacen (los políticos)
Por coincidencias de la vida, mañana me voy a Holanda. Ya os contaré el recibimiento.
Después volverán a esconderse las banderas, y los protagonistas no serán unos profesionales muy bien pagados pero muy cualificados (los futbolistas), sino que serán unos muy bien pagados pero absolutamente faltos de cualificación para el importante trabajo que hacen (los políticos)
Por coincidencias de la vida, mañana me voy a Holanda. Ya os contaré el recibimiento.
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