miércoles, 10 de febrero de 2010

De vacaciones con la oenege

Me había sentado delante del ordenador con al intención de hacer una entrada acerca del liderazgo (a raíz de Invictus, la película que vimos este fin de semana). Pero me he puesto a navegar y cuando he llegado al Heraldo y he visto que la asociación de vecinos de Arcosur (¿qué vecinos? si no existe una solo casa) proponía llamar a las calles con nombres de videojuegos (como por ejemplo, La Edad de los Imperios o Fantasía Final) y he pensado: "Este, este tema va a dar juego"
Pero he seguido navegando y he dado con un artículo de Pilar Rahola en La Vanguardia llamado "Héroes de Mochila".
Aquí hay tema.
Me tocan mucho las narices los cientos de ONG de nuevo cuño que son la excusa perfecta para irse de vacaciones a paises subdesarrollados. Por no tener no tienen ni la poca vergüenza de pagarse ellos el viaje. Para eso están los fondos del estado, el dinero recaudado en rifas, o vendiendo camisetas. Venga todo-terrenos de puta madre, camiones rotulados y ropa de Coronel Tapioca.
Lo chulo es enseñar la foto con el negrito de turno, y contar que viste a un moro con un Kalashnikov.
Pero claro. Pasa que a veces, te pasas de la raya y te secuestran o te pegan un tiro o te expulsan porque los negritos o los moritos no saben que eres lo mas guay del mundo, y que vienes a ayudar porque eres de "Tocacojones sin fronteras".
Y si no te pasas de la raya, pues hace lo que dice la Rahola, te vas a Israel a defender la causa palestina o a Colombia a defender los manglares, porque ir a Siria, a Arabía Saudí o a Venezuela es otra cosa.
Y encima les dan portadas de periódico, o minutos de televisión.
Los que llevan haciendo esto toda la vida (en España, principlamente las ordenes religiosas) no salen en la tele, ni van en 4x4, y si les secuestran se joden, que va en el sueldo.
Y lo peor, es que el Ejercito que tendría que estar más cerca de estos últimos, de los misioneros, cada vez más se parece a una ONG de mierda.
Pero lo politicamente correcto es callar y si abres la boca es para reirles la gracia, claro.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Del XL Semanal de hace dos o tres semanas. Arturo Perez Reverte dice:
Hace treinta y dos años desaparecí en la frontera entre Sudán y Etiopía. En realidad fueron mi redactor jefe, Paco Cercadillo, y mis compañeros del diario Pueblo los que me dieron como tal; pues yo sabía perfectamente dónde estaba: con la guerrilla eritrea. Alguien contó que había habido un combate sangriento en Tessenei y que me habían picado el billete. Así que encargaron a Vicente Talón, entonces corresponsal en El Cairo, que fuese a buscar mi fiambre y a escribir la necrológica. No hizo falta, porque aparecí en Jartum, hecho cisco pero con seis rollos fotográficos en la mochila; y el redactor jefe, tras darme la bronca, publicó una de esas fotos en primera: dos guerrilleros posando como cazadores, un pie sobre la cabeza del etíope al que acababan de cargarse.

Lo interesante de aquello no es el episodio, sino cómo transcurrió mi búsqueda. La naturalidad profesional con que mis compañeros encararon el asunto. Conservo los télex cruzados entre Madrid y El Cairo, y en todos se asume mi desaparición como algo normal: un percance propio del oficio de reportero y del lugar peligroso donde me tocaba currar. En las tres semanas que fui presunto cadáver, nadie se echó las manos a la cabeza, ni fue a dar la brasa al ministerio de Asuntos Exteriores, ni salió en la tele reclamando la intervención del Gobierno, ni pidió que fuera la Legión a rescatar mis cachos. Ni compañeros, ni parientes. Ni siquiera se publicó la noticia. Mi situación, la que fuese, era propia del oficio y de la vida. Asunto de mi periódico y mío. Nadie me había obligado a ir allí.

bflog dijo...

sigue

Mucho ha cambiado el paisaje. Ahora, cuando a un reportero, turista o voluntario de algo se le hunde la canoa, lo secuestran, le arreglan los papeles o se lo zampan los cocodrilos, enseguida salen la familia, los amigos y los colegas en el telediario, asegurando que Fulano o Mengana no iban a eso y pidiendo que intervengan las autoridades de aquí y de allá –de sirios y troyanos, oí decir el otro día–. Eso tiene su puntito, la verdad. Nadie viaja a sitios raros para que lo hagan filetes o lo pongan cara a la Meca, pero allí es más fácil que salga tu número. Ahora y siempre. Si vas, sabes a dónde vas. Salvo que seas idiota. Pero en los últimos tiempos se olvida esa regla básica. Hemos adquirido un hábito peligroso: creer que el mundo es lo que dicen los folletos de viajes; que uno puede moverse seguro por él, que tiene derecho a ello, y que Gobiernos e instituciones deben garantizárselo, o resolver la peripecia cuando el coronel Tapioca se rompe los cuernos. Que suele ocurrir.

Esa irreal percepción del viaje, las emociones y la aventura, alcanza extremos ridículos. Si un turista se ahoga en el golfo de Tonkín porque el junco que alquiló por cinco dólares tenía carcoma, a la familia le falta tiempo para pedir responsabilidades a las autoridades de allí –imagínense cómo se agobian éstas– y exigir, de paso, que el Gobierno español mande una fragata de la Armada a rescatar el cadáver. Todo eso, claro, mientras en el mismo sitio se hunde, cada quince días, un ferry con mil quinientos chinos a bordo. Que busquen a mi Paco en la Amazonia, dicen los deudos. O que nos indemnicen los watusi. Lo mismo pasa con voluntarios, cooperantes y turistas solidarios o sin solidarizar, que a menudo circulan alegremente, pisando todos los charcos, por lugares donde la gente se frota los derechos humanos en la punta del cimbel y una vida vale menos que un paquete de Marlboro. Donde llamas presunto asesino a alguien y tapas la cara de un menor en una foto, y la gente que mata adúlteras a pedradas o frecuenta a prostitutas de doce años se rula de risa. Donde quien maneja el machete no es el indígena simpático que sale en el National Geographic, ni el pobrecillo de la patera, ni te reciben con bonitas danzas tribales. Donde lo que hay es hambre, fusiles AK-47 oxidados pero que disparan, y televisión por satélite que cría una enorme mala leche al mostrar el escaparate inalcanzable del estúpido Occidente. Atizando el rencor, justificadísimo, de quienes antes eran más ingenuos y ahora tienen la certeza desesperada de saberse lejos de todo esto.

Y claro. Cuando el pavo de la cámara de vídeo y la sonrisa bobalicona se deja caer por allí, a veces lo destripan, lo secuestran o le rompen el ojete. Lo normal de toda la vida, pero ahora con teléfono móvil e Internet. Y aquí la gente, indignada, dice qué falta de consideración y qué salvajes. Encima que mi Vanessa iba a ayudar, a conocer su cultura y a dejar divisas. Y sin comprender nada, invocando allí nuestro código occidental de absurdos derechos a la propiedad privada, la libertad y la vida, exigimos responsabilidades a Bin Laden y gestiones diplomáticas a Moratinos. Olvidando que el mundo es un lugar peligroso, lleno de hijos de puta casuales o deliberados. Donde, además, las guerras matan, los aviones se caen, los barcos se hunden, los volcanes revientan, los leones comen carne, y cada Titanic, por barato e insumergible que lo venda la agencia de viajes, tiene su iceberg particular esperando en la proa.