Una de las cosas que más nos gusta criticar a todos es la hipocresía de los estadounidenses. No es para menos. Éste es un país en el que padres e hijos se ven—con suerte—una vez del año—en Thanksgiving—pero que hace de la defensa de los ‘valores familiares’ uno de los ejes de su política. Un país en el que recuerdo cómo una televisión censuraba en una emisión de ‘Apocalypse Now’ la imagen de una fotografía de una chica desnuda en una revista ‘porno’ que un soldado estadounidense estaba mirando en Vietnam. O un país en el que nunca ningún personaje público dirá una mala palabra, pero en el que podemos escuchar las letras más salvajes de cualquier cantante de ‘rap’ o del mismo Prince (aquí les dejo Darling Nikki, de su éxito ‘Purple Rain’, que casi le provocó un ataque de ansiedad a la mujer de Al Gore cuando se enteró de que su hija la escuchaba).
Ahora bien, los estadounidenses no tienen el monopolio de la hipocresía. Antes al contrario, ése es un título muy competido. Los españoles—y los mexicanos, por ejemplo—somos también líderes mundiales en ese terreno.
Y la ley de inmigración de Arizona lo ha puesto de manifiesto.
Lo primero que me llama la atención de cada vez que hablamos de la inmigración en EEUU es la santa indignación que a todos nos invade cuando hablamos de los muros que los estadounidenses están construyendo para evitar que los ilegales entren.
Es horrible, espantoso, racista, cruel, inhumano.
Justo al contrario que “la verja” de Ceuta y Meilla, que nosotros hemos construido para… evitar que los ilegales entren.
Algo similar sucede con la horrenda ley antiinmigración de Arizona. Una ley que, dicho sea de paso, me parece aberrante. Pero que entre otras cosas estipula que la Policía podrá pedir a cualquier persona su documentación y, si ésta no la tiene, estará capacitada para arrestarla.
Horrendo, ¿verdad?
Suena casi tan mal como la Ley de España, que obliga a todos los mayores de 14 años a llevar encima el Documento Nacional de Identidad (o el pasaporte) ya que, de lo contrario, podrán ser detenidos y llevados a las instalaciones policiales para que allí se les identifique.
Lo mismo cabe pensar de la actitud mexicana con respecto a la ley antiinmigración de Arizona. Lo primero que sorprende en el debate es la actitud de México (igual que la de Marruecos cuando se plantean problemas similares entre ese país y España): nadie se pregunta qué es lo que falla cuando los nacionales de esos países tienen que marcharse, jugándose la vida, a trabajar en condiciones a veces de semiesclavitud en países vecinos que, digámoslo claramente, no les tienen especial simpatía.
Si hay alguien culpable de la inmigración mexicana a EEUU o de la marroquí a España son las instituciones de México y Marruecos, que no han sido capaces de crear una economía que cree empleo en esos países, o incluso un sistema que garantice la seguridad física de sus habitantes (en este sentido, no deja de ser espectacular que, como pone de manifiesto este informe de BBVA, la inmigración mexicana a EEUU haya continuado a pesar de la brutal recesión estadounidense de los últimos dos años, que se ha cebado particularmente en el empleo en la construcción, el sector que emplea a más inmigrantes).
Pero así llegamos a otro punto: la actitud de los mexicanos con respecto a los inmigrantes de otros países que van a sus fronteras. Y ahí, la ley de Arizona, el sheriff Joe Arpaio y hasta los Minuteman son, desgraciadamente, Caperucita Roja.
Al fin y al cabo, en Estados Unidos no existe nada como El Tren de la Muerte, también llamado La Bestia, en el que los inmigrantes centroamericanos cruzan parte de México rumbo a EEUU. En el Tren de la Muerte, los inmigrantes centroamericanos no sólo son objeto de la habitual persecución de la policía (¡ojo!, de la policía… mexicana), sino que también son objeto de atracos, violaciones, extorsiones y asesinatos por parte de mafias de delincuentes (las llamadas ‘maras’) que, en connivencia con los empleados del ferrocarril, llevan a cabo crímenes horrendos. Es una situación que la Iglesia católica ha definido como “genocidio”.
Eso pasa en México... El mismo México, por cierto, que siempre recuerda el imperialismo de EEUU, que le quitó la mitad de su territorio. Pero que ha olvidado que Chiapas fue también parte de la República Federal de Centroamérica y, por tanto, hoy debería estar en Guatemala, no en México. Es cierto que la población de Chiapas se independizó y pidió su adhesión a México… que es lo mismo, por cierto, que hizo Texas.
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