martes, 1 de junio de 2010

El costo de la vida (II)

Como cada mañana, estoy despierto antes de que salga el sol. Ni siquiera me puedo permitir quedarme en la cama. Primero porque donde duermo no es una cama, es apenas un jergón tirado en el suelo de la cabaña. Segundo, porque cada minuto que permanezco tumbado es un minuto que sirvo de comida a chinches, piojos, cucarachas, garrapatas y demás bichos con los que comparto casa. Y tercero porque mi trabajo empieza bien temprano.
Hoy tampoco hay desayuno. Bueno, al menos un desayuno como al que estaba acostumbrado antes. Apuro las sobras de la noche anterior (que ya eran sobras de la comida y asi dos o tres días hacia atras) y me visto con la ropa que todo el mundo que lleva aquí.
Sin ningún adorno, ni siquiera un reloj de pulsera, porque cualquier signo de distinción te marca con respecto a la gente que te rodea.
En fin. Es la vida que me ha tocado vivir.

1 comentario:

Anónimo dijo...

tu eso no lo aguantas. que te has acostumbrado a otras cosas. queda muy bonito, pero no cuela. Un admirador